La sociedad, podríamos decir a escala mundial, cada vez más está direccionada a la salud y al bienestar, lo que ha contribuido a adquirir una mayor conciencia acerca de la importancia de la alimentación en la promoción y protección de la salud. Esta realidad ha llevado al continuo aumento en la producción de alimentos para responder a las demandas crecientes del consumidor de alimentos de alta calidad, lo más parecidos a un producto fresco y con un procesado mínimo, saludables y nutritivos. Toda esta coyuntura provoca el desarrollo de alimentos que proporcionen salud, mejoren el bienestar y reduzcan el riesgo de desarrollar dolencias y enfermedades.

Este contexto llevó a que en la primera década del siglo XXI el mayor segmento de crecimiento en alimentación fuese el de los alimentos funcionales. El International Life Science Institute (ILSI) define el alimento funcional como “aquel que contiene un componente, nutriente o no nutriente, con efecto selectivo sobre una o varias funciones del organismo, con un efecto añadido por encima de su valor nutricional y cuyos efectos positivos justifican que pueda reivindicarse su carácter funcional o incluso saludable”. Así, los alimentos funcionales surgen como una nueva tendencia nutricional en el seno de la Nutrición personalizada. El etiquetado y la creciente publicidad de estos alimentos motivo en 2006 la intervención de la Autoridad Europea en Seguridad Alimentaria limitando el tipo de alegaciones de salud a que pueden referirse estos alimentos; A) Alegaciones de “funcionales de mejora” asociadas a determinadas funciones fisiológicas y psicológicas y a actividades biológicas que van más allá de su papel establecido en el crecimiento, el desarrollo y otra funciones normales del cuerpo, y B) Alegaciones de “reducción de riesgo de enfermedades”, que se asocian al consumo de un alimento o de sus componentes para ayudar a reducir el riesgo de padecer una determinada enfermedad o afección, gracias a los nutrientes específicos que contenga o no dicho alimento.

Es indiscutible que entre los alimentos funcionales los probióticos han recibido un particular interés por su potencial efecto beneficioso en múltiples sistemas, principalmente en la salud gastrointestinal y el sistema inmunológico. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), los probióticos son “microorganismos vivos que, cuando son suministrados en cantidades adecuadas, promueven beneficios en la salud del organismo huésped”.

Actualmente existen numerosos estudios que remarcan estrecha interrelación entre diversos factores ambientales (nutrientes inmunomoduladores) y genética del hospedador determinando la composición y funcionalidad de la microbiota intestinal que ejerce una significativa influencia en el riesgo de padecer patologías derivadas de la disfuncionalidad hepática causada por un excesivo acumulo de grasas, dando lugar a enfermedades como obesidad y diabetes, que constituyen las grandes pandemias que afronta el ser humano en estos principios del siglo XXI.

En 2009 el conocido biólogo Didier Raoult publicó un polémico artículo editorial en la revista Nature titulado Probiotics and obesity: a link?, en el que atribuía con rotundidad una gran parte de responsabilidad en la epidemia de obesidad que afecta principalmente a los niños. A día de hoy todavía continúa abierto el debate acerca de que microorganismos tienen mayor relevancia en relación con la mejora de la eficiencia en la obtención calórica a partir de la dieta, además de su potencial inmunomodulador y actividad antiinflamatoria tanto en el tejido adiposo como el hígado. Este debate afecta, de modo importante, al efecto cepa-dependiente, positivo o negativo, de distintas Lactobacillus spp. y Bifidobacterium spp., ya que la mayoría de los probióticos para el consumo humano pertenecen a estos géneros y se han asociado tanto a la obesidad como a la pérdida de peso en humanos obesos.

La investigación actual apunta hacia la posibilidad de utilizar la caracterización de la composición particular de esta microbiota intestinal como potencial herramienta predictiva y/o terapéutica, aunque, todavía se requieren estudios en mayor profundidad para confirmar su uso clínico/terapéutico. Además, recientes estudios inmunológicos apuntan hacia una menor importancia de la ingesta calórica en relación a la composición de los alimentos y su interacción con la microbiota intestinal y finalmente con el sistema inmune del hospedador en el desarrollo de estas pandemias.

Es importante el continuar avanzando en las estrategias de comunicación de modo que se proteja al consumidor. Podría darse el caso de emitir mensajes contradictorios en relación a este tipo de alimentos. Por ejemplo, entre las escasas declaraciones autorizadas, por los organismos competentes de la Unión Europea, para microorganismos vivos solo se encuentran para los “cultivos de yogur”, sin especificar su composición y en relación a la mejora la digestión de la glucosa. Esto no significa que se anulen las evidencias y avances científicos en materia de conocimiento relativa a los probióticos ya que las alegaciones de salud con respecto a los alimentos funcionales deben ser siempre válidas en el contexto de la dieta global y estar asociadas a los alimentos que se consumen normalmente.

Vídeo relacionado

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Lecturas recomendadas

Abu-Shanab A, Quigley EM. The role of the gut microbiota in nonalcoholic fatty liver disease. Nat Rev Gastroenterol Hepatol. 2010, 7(12):691-701.

Backhed F, Ding H, Wang T, Hooper LV, Koh GY, Nagy A, Semenkovich CF, Gordon JI. The gut microbiota as an environmental factor that regulates fat storage. Proc Natl Acad Sci USA. 2004, 101: 15718-15723.

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Pachikian BD, Essaghir A, Demoulin JB, Neyrinck AM, Catry E, De Backer FC, Dejeans N, Dewulf EM, Sohet FM, Portois L, Deldicque L, Molendi-Coste O, Leclercq IA, Francaux M, Carpentier YA, Foufelle F, Muccioli GG, Cani PD, Delzenne NM. Hepatic n-3 polyunsaturated fatty acid depletion promotes steatosis and insulin resistance in mice: genomic analysis of cellular targets. PLoS One. 2011;6(8):e23365.

Dr. José Moisés Laparra Llopis
Máster Universitario en Nutrición, Salud y Actividad Física