A pesar de que los humanos y las bacterias comensales hemos co-evolucionado durante miles de años y nos acompañan desde el mismo momento del nacimiento, es sorprendente el hecho de que su diversidad en nuestro cuerpo cada vez es menor1. Nuestra microbiota puede ser modulada cualitativa y cuantitativamente a través de la dieta, higiene y uso de antibióticos, y esto es evidente en los países más industrializados, donde impera el abuso de antibióticos y dietas desequilibradas. Por ejemplo, se ha visto un enriquecimiento del género Prevotella en niños de zonas rurales de África y Malawi cuya dieta se basa mayoritariamente en vegetales. Por el contrario, el filo Bacteroidetes, (relacionado con dietas ricas en proteína animal y grasas saturadas) está más presente en Europa y EEUU2. Si nos fijamos en el número de estudios científicos publicados hasta la fecha, veremos la relación cada vez más directa entre enfermedad y disbiosis (desequilibrio en nuestra población microbiana intestinal). Enfermedades como la enfermedad de Crohn, síndrome de intestino irritable o diarrea aguda se han correlacionado con diferencias en la diversidad y composición de la comunidad microbiana fecal3. Hasta tal punto la microbiota modula la salud, que ratones criados sin gérmenes (gnotobióticos) “transplantados” con microbiota de un ratón obeso ganaron adiposidad más rápidamente que aquellos inoculados con la microbiota de un ratón delgado4. De hecho, se puede clasificar a un individuo con un 90% de precisión como delgado u obeso basándose únicamente en su microbiota intestinal5.

En consecuencia, existe una mayor conciencia del papel que la microbiota juega en el mantenimiento de la salud y se ha generado una gran inversión comercial en esta área. La ingestión de bacterias beneficiosas vivas (probióticos) pueden ayudar a mantener un estado saludable al evitar la colonización de patógenos al adherirse a nuestra mucosa intestinal, producir ácidos grasos de cadena corta que ayuden frente a ciertos trastornos intestinales o modular la respuesta inmune, disminuyendo la reacción alérgica en un episodio de dermatitis atópica. Pero ¿tenemos suficiente información sobré qué probiótico estamos tomando y sus propiedades?, si hacemos un repaso en la red vemos como suelen especificar (si buscamos bien en el envase) el género y la especie del probiótico (Ej: Lactobacillus = género; plantarum=especie), pero es importante destacar que los beneficios dependen tanto de la dosis como de la cepa utilizada, y este código es difícil que aparezca en el producto.  Una cepa bacteriana se define como “aquel grupo de microorganismos que perteneciendo a una misma especie, tiene característica distintas”, características que irán desde una mayor o menor capacidad de instaurarse en el tracto gastrointestinal hasta propiedades exclusivas para hacer frente a una determinada patología. Se ha demostrado que la mezcla de cepas de Lactobacillus plantarum CECT 7484 Y CECT 7485 reducen eficazmente los síntomas del síndrome de intestino irritable6 mientras que la administración de la cepa MF1298 los empeora7.

Es imprescindible profundizar en los mecanismos de acción, determinar la dosis a administrar y población objetivo. Afortunadamente, existen productos que se sustentan en investigaciones rigurosas y ensayos clínicos que han permitido validar sus efectos tanto in vitro como in vivo, especialmente a nivel del metabolismo lipídico, inmunomodulación y algunas patologías a nivel digestivo. Una cepa probiótica que funciona en una condición no será necesariamente efectiva para otras afecciones, por lo que no todo vale en el mundo de los probióticos, y desde aquí te invito a que a partir de ahora examines bien el envase, busques el código de la cepa y exijas probióticos con una eficacia demostrada para tu afección concreta.

A continuación, os dejo una conferencia muy interesante sobre el tema del Dr. Yvan Vandenplas jefe de departamento de Pediatría del Hospital Universitario de Bruselas:

https://youtu.be/0i9yVCQCONA

 

Bibliografía

  1. Yatsunenko et al. (2012). Human gut microbiome viewed across age and geography. Nature 486, 222–227.
  1. De Filippo D. et al. (2010). Impact of diet in shaping gut microbiota revealed by a comparative study in children from Europe and rural Africa. Proc Natl Acad Sci USA. 107(33):14691-6.
  1. Conlon, Michael A., and Anthony R. Bird. (2015). The Impact of Diet and Lifestyle on Gut Microbiota and Human Health. Nutrients1: 17–44
  1. Turnbaugh P. et al. (2006). An obesity-associated gut microbiome with increased capacity for energy harvest. 444(7122):1027-31
  1. Knights D. et al. (2011). Human-associated microbial signatures: examining their predictive value. Cell Host Microbe. 10(4):292-6.
  1. Lorenzo-Zúñiga V. et al. (2014). I.31, a new combination of probiotics, improves irritable bowel syndrome-related quality of life. World J Gastroenterol. 20(26): 8709–8716.
  1. Ligaarden, S.C. et al. (2010). A candidate probiotic with unfavourable effects in subjects with irritable bowel syndrome: a randomised controlled trial. BMC Gastroenterol. 10: p. 16.

 

Dra. Elisabet Navarro Tapia

Colaboradora en el Máster en Nutrición y Actividad Física para la promoción de la salud