La brillante trayectoria profesional de un director de cine como Francis For Coppola viene avalada por su producción fílmica. El  que recibiera hace unos meses el premio “Princesa de Asturias de las Artes, 2015” afirmaba en su discurso que aún continúa queriendo explorar las posibilidades futuras del cine, y que todavía sentía deseos de experimentar. Desde una visión reflexiva sobre lo que han significado para la humanidad los avances tecnológicos desde hace miles de años, este cineasta defiende, acotándolo a su campo, que “todo arte es una creación y un subproducto de la tecnología”.

Hace pocos días ha salido a la luz la noticia de que la inteligencia artificial ha alcanzado un nuevo hito con la creación de un modelo informático capaz de aprender de manera parecida a como lo hacemos las personas. Según los resultados que se presentan en la revista Science, un algoritmo matemático ha logrado que un ordenador reconozca y reproduzca caracteres de alfabetos de todo el mundo escritos a mano. Una vez reproducidos, los caracteres creados por el ordenador son indistinguibles de otros escritos por distintas personas. Además, el algoritmo permite al ordenador generar letras de un alfabeto ficticio que también son indistinguibles de las que inventan los seres humanos.

En esta misma línea, podemos reseñar en este artículo el prototipo de coche que ha viajado hace unas semanas desde Vigo a Madrid durante 599 Km en modo autónomo, sin necesidad de ser conducido por nadie.

La sociedad cambia constantemente como cambia el mundo y lo hace, principalmente, gracias a este desarrollo tecnológico. Tal y como refleja Elizondo (2012), si los avances tecnológicos a lo largo de la historia han transformado nuestra concepción del espacio y el tiempo, hoy, la relación que mantenemos con la tecnología actual no es una mera relación sujeto-objeto, sino que nuestra forma de dar sentido, pensar, existir y actuar está imbuida en un entorno tecnológico que debemos tener en cuenta.  Todo ello nos lleva a asumir que, en los tiempos que corren, es difícil hablar de fronteras espaciales pues conceptos como deslocalización o conectividad, flujos de información, aprendizajes líquidos, etc… están a la orden del día. Las relaciones entre las personas y la tecnología, entendida como materia inerte en sus propiedades pero un medio capaz de generar fenómenos mediáticos y espacios de comunicación, constituyen todo un universo para explorar a nivel individual y en sociedad.

A partir de lo señalado, y desde un enfoque eminentemente educativo-musical, bien podemos afirmar que un aula es un lugar para la colectividad, el aprendizaje y la interacción que la convierten en un perfecto laboratorio para experimentar, intercambiar ideas o escuchar, entre otras prácticas posibles. Sin embargo, el potencial educador del sonido en este contexto requiere una profunda revisión con el fin de cambiar los modelos propuestos actualmente. Palabras que sonaron durante gran parte del siglo XX como entropía, caos, indeterminación, provocación, aleatoridad… y que, en su momento, transformaron la visión de la música y del arte por cuanto significan y por su imbricación con los medios tecnológicos de aquellos años, tristemente aún siguen siendo nuevas para muchos educadores musicales en activo.

A pesar de los avances y la inclusión de las TIC en el ámbito educativo desarrollados en los últimos años, por cierto, no siempre “bien incluidas”, y sin desmerecer la labor realizada hay, sin embargo, todo un campo que desbrozar. ¿Acaso un docente puede utilizar e integrar herramientas tecnológicas en su práctica musical sin conocerlas primero?, ¿puede éste experimentar con el alumnado cuando nunca ha experimentado antes?

Bajo mi experiencia docente e investigadora y como observadora del contexto educativo que me rodea, aun a riesgo de que estas palabras resulten “políticamente incorrectas”, me atrevo a señalar que un notable porcentaje de educadores musicales, sin desmerecer en absoluto sus conocimientos musicales, son reacios a la inclusión de las TIC en su quehacer diario y, como suele decirse en el lenguaje llano, “ni saben, ni quieren saber de estas cosas”. La formación que les avala generalmente procede de un mundo más bien anclado en el siglo XIX, donde el  virtuosismo instrumental, la composición reglada, el análisis formal o la estética son tótems sagrados que difícilmente dejan paso a los nuevos tiempos de la era digital. Seamos serios y pensemos: con estos mimbres, ¿qué cestas podemos hacer?

Por otra parte, es inherente a ello el cuestionamiento sobre las causas que se esconden detrás de las resistencias, las cuales seguramente sean varias y de diverso calado. Llamémosle miedo, asentamiento de posturas tradicionales, falta de tiempo, desconocimiento, pereza… no seré yo quien responda pues cada docente debe estar comprometido con la manera en la que construye los escenarios de aprendizaje con sus estudiantes y está definido por un estilo propio.

Como consecuencia, debemos reflexionar de manera profunda sobre la formación en innovación de los futuros educadores musicales y también sobre la formación a lo largo de la vida de aquel profesorado de música que cuenta ya con un recorrido profesional.  Mi línea de pensamiento, la cual es compartida por otros colegas de profesión, otorga un valor al sonido en sí mismo, como materia prima y como herramienta para educar en la innovación musical. Carbonell (2002) define innovación como el “conjunto de ideas, procesos y estrategias, más o menos sistematizados, mediante los cuales se trata de introducir y provocar cambios en las prácticas educativas vigentes. La innovación no es una actividad puntual sino un proceso (…). Su propósito es alterar la realidad vigente -métodos e intervenciones, modificando concepciones y actitudes, mejorando o transformando, los procesos de enseñanza aprendizaje”.

Así pues, podríamos poner en marcha otras formas de trabajar con el sonido y con la música, fomentando espacios de experimentación y metodologías que permitan la libre circulación de ideas, el desarrollo creativo, la comunicación, el juego espontáneo, la expresión de sentimientos y emociones, y la construcción de un pensamiento artístico. Una educación sonora que, a su vez, sea fuente de identidades y de diversidad, de patrimonio y riqueza de todo cuanto está a nuestro alrededor y a nuestro alcance. Un planteamiento desde nuestra libre relación con la tecnología.

No cabe duda alguna que la actitud de cualquier docente, bajo esta premisa, tendrá que ver con la curiosidad, las ganas de aprender, la voluntad de iniciar algo nuevo, de cambiar, de asumir que los riesgos existen, de abandonar la “zona de confort”. Pese a todo lo que aún queda por hacer en este sentido, se continúa avanzando y la línea trazada por el desarrollo tecnológico se extiende de manera inevitable y sorprendente. Se puede dar fe de prácticas creativas, de plataformas e-learning y colaborativas que rompen las barreras físicas y en las que al alumnado se le brinda la posibilidad de aportar ideas y de generar productos, de proyectos artísticos virtuales, etc.; la información está en la red y cada cual puede navegar en busca de aquello que más le interese.

Son múltiples, variadas, casi infinitas las posibilidades que existen en relación con el uso, producción, manejo y manipulación del sonido. Aplicaciones, herramientas, software… que día a día se transforman avanzando en el vertiginoso y maravilloso mundo tecnológico. Prácticas en vivo o mediante la documentación de las acciones sonoras, manipulación, derivas, intervención de espacios, escuchas, paisajes, observatorios sonoros, instalaciones, performances, radioarte, escultura sonora….. Jugamos con la construcción, deconstrucción,  reconstrucción, con itinerarios, instrumentos, objetos, mecánicas, cartografías…. Y esta forma de trabajo desde lo sonoro se hace extensible a otros lenguajes. Giráldez defiende una educación basada en las artes y la tecnología proponiendo un juego de intersecciones mediante las cuales poder generar nuevos proyectos educativos en las aulas.

En definitiva, lo que nos interesa no es tanto el medio en el que nos movamos sino el tipo de relación que mantengamos con éste para lograr los objetivos educativos que cada docente se marque. Cada acción educativa es un nuevo comienzo para un nuevo aprendizaje. No hay marcha atrás.

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Palabras clave: tecnología y educación musical; experimentación sonora; formación en innovación;

Referencias:

Carbonell, J. (2002). El profesorado y la innovación educativa, en P. Cañal (coord.) La innovación educativa, pp. 11-26. Madrid: Akal.
Elizondo, J. (2012). McLuhan: 100 años en el espacio. El valor de lo acústico. En Infoamerican Comunication Review, 7-8, 31-41.

María Elena Riaño
Profesora del Máster Universitario en Interpretación e Investigación Musical
de la Universidad Internacional de Valencia