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La violencia un mal, hoy por hoy, endémico de El Salvador (CA)

  • Por M. Mercedes Álvarez Seguí
  • 25 enero 2018

Uno de los problemas cruciales que afecta, de forma diaria, a las sociedades Centroamericanas lo constituye la delincuencia llevada acabo por las bandas u organizaciones criminales, las cuales actúan con hechos delictivos de gran crueldad, que si bien afecta a la población en general, es en los jóvenes en quienes recae la acción directa de esa atrocidad delictiva, pues los asesinatos, extorsiones, secuestros, tráfico de drogas y armas… son derivados, entre otras calamidades, de la necesidad de sobrevivir a la pobreza, frustración y desesperación por falta de oportunidades  desde su nacimiento,

La salida que, hoy por hoy, tienen los jóvenes salvadoreños, guatemaltecos, hondureños, nicaragüenses… es coquetear hasta introducirse de lleno en las ya conocidas y clásicas  “MARAS” (termino actualmente en desuso); salida que queda reflejada por la inoperancia y falta de interés, de los distintos gobiernos de los países centroamericanos, en aplicar medidas políticas destinadas a fomentar la prevención de la delincuencia organizada en forma de bandas que incluso se repelen y asesinan entre ellas.

Según Inés Martínez, egresada de la maestría de ciencia política de la UCA, en un artículo de opinión publicado el 24 de septiembre de 2016 en la Prensa Grafica de San Salvador “el descontento y el tirar la toalla es el sentir de una gran mayoría de salvadoreños que viven el día a día pensando que pueden hacer poco o nada frente a una problemática que requiere verdadera voluntad para resolverse”.

El fenómeno de pandillas latinomericanas parece ser que tiene lugar en Los Ángeles (California) en el siglo pasado sobre los años 70. Respecto a su origen, existen opiniones diversas. Hay quien dice que El Salvador ya contaba antes de la guerra civil con focos muy virulentos de violencia, debido a la gran desigualdad de oportunidades y amplias áreas de desintegración socio-familiar.

Sobre los años 80, como consecuencia de los problemas bélicos civiles en Centroamérica, surge la necesidad de que un buen número de salvadoreños emigren a los EEUU, y es en esta década cuando nace la Mara Salvatrucha, grupo criminal, integrado por salvadoreños enfrentados a otras pandillas especialmente de origen afroamericano.

El creciente número de pandilleros dio lugar a que estos se organizaran en grupos bien estructurados y con códigos de identidad específicos constituidos fundamentalmente por su lenguaje de señas, tatuajes y modalidad delictiva.

Tras este incremento, tanto en número de pandillas, como de integrantes en las mismas, llegan las deportaciones por parte de los EEUU de los miembros de estas a sus respectivos países de origen, sin que en los distintos gobiernos centroamericanos se adoptaran medidas de rehabilitación e integración sociolaboral de los expulsados.

Como ya se ha dicho en párrafos anteriores, la falta de educación, la ausencia de oportunidades y las familias destruidas, junto con otros factores contribuyentes al resentimiento social, son las principales razones por las que un elevado número de jóvenes busquen refugio en esos grupos criminales, que a su vez, con la intención de captar a mas integrantes, ofrecen a los jóvenes un acogimiento aportándoles sentido de pertenencia y de identidad, otorgándoles  además de afecto, comunicación y crecimiento entre ellos.

Ante tal pandemia criminal, los salvadoreños, hoy en día, huyen del clima de inseguridad y de la escasa posibilidad de progreso. Situación que les genera altas dosis de insatisfacción con los gobernantes, a quienes piden a voz en grito, que los tres pilares que conforman la sociedad -estado, familia y escuela- asuman su responsabilidad y reparen el daño causado y que sigue causando.

Los salvadoreños, claman a su gobierno una gestión en materia político-criminal con posibilidad de brindar la seguridad que necesitan, quieren que se elimine la cultura de la extorsión, robos y asesinatos… Piden tolerancia “0” al desarrollo y crecimiento de las pandillas, la delincuencia común y el crimen organizado, y saben a ciencia cierta que sus peticiones no pueden llegar a buen puerto si no se recobra la confianza en las autoridades e instituciones; pues existe, un ordenamiento jurídico obsoleto (inadecuado a la realidad social que existe hoy en día en el Salvador) con un sistema penitenciario precario donde se retroalimenta la conducta violenta.

Es una gran pena que los gobernantes e instituciones de este bellísimo país centroamericano, rodeado de siete volcanes, con vegetación propia de los climas cálidos y lluviosos,  folklore propio y una gastronomía sin igual, donde las “pupusas” y el “pollo campero” son un manjar digno de pobrar, no dispongan de estrategias eficaces para promover y garantizar el respeto a las personas de bien y a las normas comunitarias;  promoviendo la seguridad pública a partir de acciones que fomenten la prevención, la investigación criminal, la persecución de los delincuentes, el tratamiento de las víctimas de los delitos, la impartición y administración de la justicia, el tratamiento penitenciario y la rehabilitación junto con la reinserción social de los delincuentes.

M. Mercedes Álvarez Seguí.

Profesora colaboradora del Máster Universitario en Criminología, Delincuencia y Victimología de la Universidad Internacional de Valencia (VIU)