A través de la inteligencia corporal o inteligencia Kinestésica es posible equilibrar y unir el cuerpo y la mente para lograr el perfeccionamiento en el desempeño físico, lo que tiene una influencia en el desarrollo del resto de actitudes y habilidades humanas. Las personas con una buena inteligencia corporal son capaces de controlar los movimientos automáticos y voluntarios, logrando así utilizar su cuerpo de una manera altamente diferenciada y competente.

inteligencia corporal

Los atletas,  bailarines, los cirujanos y los artesanos suelen tener una gran inteligencia corporal. Sin embargo, en la sociedad occidental, las habilidades físicas no suelen tener tanto reconocimiento como las cognitivas. Por ello, no se le suele dar la importancia que merece en las escuelas y currículos educativos.

En las aulas ordinarias no se suele dedicar más de una o, a lo sumo, dos horas semanales a las actividades físicas, obviando sus posibilidades para mejorar la socialización y las capacidad de la estimulación sensoriomotriz para el desarrollo no solo físico, sino también cognitivo.

 

Es preciso entender la mente y el cuerpo como un todo

La mente y el cuerpo son un todo, están integrados, por lo que en todas las personas existe una intensa conexión psicosomática. Por este motivo, las emociones afectan a nuestro cuerpo de forma muy visible: nos ponemos rojos cuando sentimos verguenza o ira y nos duele el estómago o la cabeza en situaciones de estrés.

Es importante enseñar desde los primeros cursos escolares el reconocimiento en nosotros y los demás de los síntomas físicos como consecuencia directa de un desequilibrio de carácter emocional. Es una forma de conocernos a nosotros mismos y al resto, pudiendo adoptar una actitud empática de gran ayuda para: poner en marcha intereacciones sociales eficaces y exitosas y superar los problemas tanto individuales como colectivos.

El conocimiento de la interrelación entre cuerpo y mente puede suponer un interesante punto de partida para el desarrollo, desde el aula y también en el contexto familiar, de las competencias emocionales o inteligencia emocional de las personas, un aspecto básico para desenvolverse con éxito en la vida y poder alcanzar una desarrollo profesional, personal y profesional adecuado. 

La finalidad básica de la educación emocional es, por lo tanto, el desarrollo de las competencias emocionales que contribuyan a afrontar mejor los retos de la vida y, como consecuencia, aportar mayor bienestar personal y social. El control de los propios sentimientos, la gestión de las emociones o la empatía hacia los demás son factores imprescindibles para abordar y solucionar los problemas de la niñez, de la adolescencia y de la vida adulta: conflictos laborales y sentimentales, depresión, situaciones de violencia, evitación de comportamientos de riesgo, etc.

Tanto la inteligencia corporal o kinestésica como la emocional formar parte de los 8 tipos de inteligencia definidas por el prestigioso psicólogo estadounidense Howard Gardner, cuyas teorías han actuado como contrapeso al paradigma de una inteligencia única. Gardner propuso que la vida humana requiere del desarrollo de varios tipos de inteligencia.

Gardner afirma que todas las personas tienen capacidad para desarrollar a un nivel suficiente los ocho clases de inteligencia, aunque cada cual destaca más en unas que en otras, no siendo ninguna de las ocho más importantes o valiosas que las demás. Generalmente, es preciso dominar gran parte de ellas para afrontar con éxito los problemas y situaciones de la vida y el ejercicio profesional.