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El frágil sueño del probador de videojuegos

  • 6 octubre 2017

El reloj marca las 2 de la madrugada y tú engañas a tu mente diciéndole que solo echarás “una más”; te cuesta recordar los elementos más allá del helio y sin embargo no se te escapa el nombre de un pokémon. Los juegos son tu ocio favorito y les dedicas una cantidad insana de horas: ¿por qué no hacerlo a cambio de dinero?

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Ser probador de videojuegos es el sueño de muchos adolescentes y uno de los oficios más infravalorados que hay. A pesar de que parezca accesible a cualquiera, es un trabajo que requiere algo más que maña a los mandos.

 

De jugador a probador de videojuegos

Ningún probador de videojuegos diría que su trabajo consiste en jugar a juegos ocho horas al día. Los QA testers (de “quality assurance”) realizan tareas monótonas como probar todas las combinaciones de acciones posibles que pudieran llevar a causar un bug, o incluso darse cabezazos contra cada esquina para comprobar si las colisiones se comportan como se espera. A menudo las versiones a probar son apenas jugables. Naturalmente, no son libres de elegir el título que más les apetezca testear ni de jugarlo libremente. Aquí de lo que se trata es de encontrar y reportar bugs.

En este detalle radica la mayor diferencia entre jugar por placer y hacerlo por trabajo. Los probadores de videojuegos compiten entre sí para ser el que más bugs encuentra, y a menudo ello significa realizar acciones que el grueso de jugadores no haría, pero que reproducen errores, al fin y al cabo. Tal vez sería más correcto referirse al oficio como “cazabugs”, algo que requiere algo de imaginación y experiencia.

 

El síndrome del último mono

Por desgracia, el tedio derivado de la repetición de tareas no es la peor cara de la moneda. Aun aceptando la condición de mileurista del probador de videojuegos, la inestabilidad laboral es una constante inescapable. Al trabajar por proyectos, no hay seguridad de ser renovado una vez que el juego esté en el mercado, razón de más para que los testers lleguen a duplicar sus jornadas laborales durante las semanas anteriores a la temida fecha de lanzamiento –horas que en demasiadas ocasiones no están remuneradas.

Al ser el último eslabón en la elaboración del producto, cualquier fallo en su versión final recae sobre el departamento de QA. A veces, aun habiendo avisado de un bug, los programadores siguen arrastrándolo en la siguiente versión o surge uno nuevo, por lo que acaba siendo imposible librar un producto sin ellos.

Al haber muchos jóvenes demandando el puesto, las pobres condiciones descritas del probador de videojuegos son difíciles de cambiar, pues la sensación es que cualquier QA tester es prescindible: saben que quienes no estén conformes con la situación serán los primeros en ceder su lugar.

Existe un campo que se libra de algunas de las sombras de la profesión: los testers de localización, que corrigen defectos en el sentido o la ortografía de los textos traducidos, son más difíciles de encontrar, pues requieren un conocimiento profundo del inglés y un nivel nativo del idioma objetivo, en especial de su gramática.

 

Puede que hayamos vertido un jarro de ácido en tu ilusión de convertirte en probador de videojuegos; nuestra voluntad era disipar la errónea idea de que el trabajo consiste en jugar plácidamente. Lo cierto es que existen quienes consiguen una estabilidad y un sueldo superior, e incluso llegan a disfrutar de la caza de bugs. Conocimientos de programación o diseño, un perfecto inglés y la capacidad de transmitir ideas y sensaciones son algunas de las cualidades que pueden hacerte escalar en el gremio, aunque actualmente hay formas más seguras de entrar con buen pie en la industria de los bits.

 

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