La identificación por radiofrecuencia o rfid favorece la comunicación entre objetos sin que haya un contacto. Para ello, necesitan contar con unas etiquetas que incorporan un chip con información que permite identificar de forma específica el objeto. Sin ellas, no es posible desarrollar las funciones que se emplean con esta tecnología.

En un artículo anterior vimos cómo funcionan los lectores rfid. En este caso nos centraremos en las etiquetas, de las que podemos distinguir 3 tipos diferentes, en función de la fuente de energía que emplean.

 

Etiquetas rfid pasivas

Estas etiquetas se denominan pasivas porque no tienen una fuente de energía propia. La señal que emiten es algo limitada, por lo que tiene un alcance muy corto. Aunque el punto a favor es la posibilidad de fabricar etiquetas de un tamaño nanométrico. Esto facilita su inclusión en objetos de tamaño microscópico, como pequeños robots o sistemas de identificación debajo de la piel.

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El uso de estas etiquetas es el más habitual, en parte por ser el método más económico. Su precio es relativamente bajo, y los fabricantes calculan que en grandes cantidades se pueden fabricar aún más baratas. Además, se pueden montar en diversos soportes, como una pegatina, una tarjeta o un sobre de papel.

Ejemplos de uso de etiquetas rfid pasivas son las ya populares tarjetas de pago sin contacto, que la mayoría de bancos expiden para sus clientes.

 

Etiquetas rfid dinámicas o activas

A diferencia de las anteriores, estas etiquetas incorporan una batería autónoma, que suministra energía para ampliar y emitir su señal. Esto garantiza una mayor fiabilidad de lectura, puesto que la señal es más potente. Por ello se emplean en entornos en los que la tecnología rfid puede tener dificultades, como cuerpos líquidos o elementos metálicos.

Algunas etiquetas rfid emiten la señal a más de 100 metros, y las baterías pueden durar 10 años. En algunas etiquetas se incluyen sensores para mostrar la temperatura o la humedad, por lo que se usan en espacios donde estos elementos son importantes, como la industria alimentaria.

El tamaño de estas etiquetas es sensiblemente mayor que el de las pasivas, aunque hay modelos que tienen unas dimensiones similares a las de una moneda.

Una de las tarjetas rfid más frecuentes en estos momentos son las llaves de automóvil, que permiten la apertura de las puertas del vehículo. También se utilizan en mandos de garaje y cerraduras inteligentes.

 

Etiquetas rfid semipasivas

Las etiquetas semipasivas son muy parecidas a las pasivas, ya que no emiten una señal sino que es el lector el que lo hace para comunicarse. Sin embargo, tienen una pequeña batería que alimenta el chip, lo que permite almacenar información y dar una respuesta más rápida y segura.

 

Una tecnología con casi un siglo de historia

Aunque fue a partir del inicio de este siglo cuando asistimos al auge de la tecnología rfid, en realidad tenemos que remontarnos al primer cuarto de siglo pasado para ver sus orígenes. De hecho, la radiofrecuencia tal y como se utiliza hoy se emplea desde los años 60. Aunque gracias a la miniaturización, y el aumento de dispositivos en los que se puede incorporar una etiqueta, la lista de aplicaciones se ha disparado en los últimos años.

 

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Autor

Equipo de Expertos

Universidad Internacional de Valencia