En un estado de alarma sanitario como el que el que estamos viviendo, es normal que se generen emociones intensas como la incertidumbre o el temor.

Las autoridades competentes decretan el reclutamiento de las personas en sus casas durante al menos 15 días, debido a la rapidez de contagio de este virus que genera la enfermedad COVID-19. Además, se suscitan muchas preguntas entre la población, algunas de ellas sin respuestas claras. Todo ello es un germen claro para que surjan esas emociones intensas.

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Ante esta situación, van a aparecen reacciones de miedo y ansiedad. Si estas emociones intensas se encuentran en niveles aceptables, se mantienen dentro de la normalidad y racionalidad, dado que el COVID-19 es un tema preocupante. Sin embargo, las personas que no están afectadas por el virus pueden manifestar elevados niveles de emociones intensas que les pueden afectar a nivel físico y psicológico.

Entre ellas estaría un estado continuo de alerta, que les lleva a focalizar su atención en las sensaciones físicas e interpretarlas como síntomas de la enfermedad, aunque en realidad no lo son. Esto se verá incrementado por:

  1. Los pensamientos recurrentes relacionados con la enfermedad.
  2. La sensación de peligro inminente.
  3. La necesidad de estar constantemente buscando información relacionada con el tema.

Si estas emociones intensas no se gestionan de forma correcta, podemos psicosomatizarlas en nuestro cuerpo. Los síntomas físicos que generalmente pasan inadvertidos se amplifican. Esto provoca la aparición de dolencias físicas que no tienen explicación orgánica. Así, podemos llegar a sentir síntomas característicos del COVID-19 (dolor de cabeza, dolor de garganta, etc.) sin estar infectados.

Para gestionar esas emociones intensas se recomienda:

  • Buscar fuentes de información confiables.
  • Evitar la sobreinformación.
  • Gestionar el riesgo: ¿qué cosas puedo hacer para prevenir el contagio?
  • Identificar los pensamientos catastróficos relacionados con la enfermedad.
  • Tratar de ser objetivos y optimistas.
  • Mantener una rutina adaptada a las restricciones.
  • Realizar actividades agradables.
  • Hacer diariamente ejercicios de relajación.

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Autor

Dra. Paloma Rasal Cantó

Profesora del Grado en Psicología