La palabra juego procede del latín “iocum, ludus-ludere” referida a un concepto lúdico y divertido; el juego es una actividad natural, placentera y espontánea que contribuye al desarrollo integral físico, cognitivo y socio-emocional del niño. Así, el juego estimula la creatividad y la curiosidad, el deseo de superación, la autoconfianza, ofrece oportunidades para expresar sentimientos e interiorizar normas de comportamiento social (Forés y Ligioiz, 2009), en definitiva, el juego es una necesidad filogenética (biológica) que favorece la adaptación ontogenética (evolutiva).

En efecto, las principales organizaciones nacionales e internacionales como el Consejo Superior de Deportes, la Organización Mundial de la Salud, UNICEF y la UNESCO, entre otras, destacan la necesidad del juego y del movimiento como instrumento autotélico: instrumento como disfraz del aprendizaje porque oxigena el cerebro y favorece la producción de nuevas neuronas (neurogénesis), la plasticidad del cerebro (neuroplasticidad) y mejora las conexiones neuronales y el funcionamiento de las ya existentes, por tanto, afecta a la estructura y funcionalidad cerebral (neurotrofinas) a la vez que se optimizan los procesos atencionales, de toma de decisiones, de comprensión lectora y aritmética; también es autotélico porque neurotransmisores como la dopamina, endorfina y serotonina favorecen su carácter placentero a través de una sensación intrínseca de bienestar.

Por ello, el período de dependencia e inmadurez en el ser humano es mucho más prolongado que en cualquier otra especie, lo que correlaciona con una mayor flexibilidad y complejidad cognitiva. De forma que los profesores y las familias, a través de la zona de desarrollo próximo que proponía Vigotsky, deben favorecer entornos de aprendizajes ricos y variados que faciliten y potencien la curiosidad y el asombro, la exploración sensorial y perceptiva, la iniciativa y la toma de decisiones, con oportunidades para manipular y superar obstáculos, etc. Por ello, el profesor de Psicomotricidad Infantil de la VIU, el Doctor Juan Ángel Collado, considera que los niños deben estar (física-psíquica-social-emocionalmente) implicados con juegos y actividades diarias en diferentes contextos que impliquen el desarrollo de las habilidades motrices básicas y las capacidades físicas básicas, evitando conductas sedentarias como estar sentados en un carricoche o viendo la televisión durante más de una hora seguida.

Obviamente, las necesidades, intereses y motivaciones de los niños así como la propuesta físico-deportiva cambia en las diferentes etapas educativas y edades: de los reflejos innatos a la habilidades motrices básicas (desplazamientos y manipulaciones), a la idea del propio cuerpo (lateralidad, actitud y postura, esquema corporal…) y la relación con el entorno (sentidos, percepción espacio-temporal) para pasar a las habilidades motrices específicas o deportivas.

En conclusión, seguramente “El error de Descartes” se produjo en una palabra, ya que en vez de cogito quiso decir moveo ergo sum, como se comprueba en el siguiente vídeo.

 

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Juan Ángel Collado Martínez
Profesor Colaborador en el Grado de Infantil de la VIU