En docencia sabemos que no existe enseñanza sin aprendizaje, y que debemos invertir gran parte de nuestra energía en aprender cómo se aprende para descubrir cómo enseñar.

Debemos aprender a enseñar a cualquier alumno o alumna, sin importar sus circunstancias, su edad, ni, por supuesto, sus capacidades. Este sería el reto de la educación inclusiva, reconocer la diversidad del alumnado y ofrecer las herramientas necesarias para conseguir atender a todas las necesidades existentes en el aula.

Ciencia y Arte, que diría Dalí.

Conocer y reconocer al alumnado y la materia sería una cuestión de ciencia. Y la actividad comunicativa que muestra el profesorado en el aula sería una cuestión de arte.

Diseñamos clases innovadoras, diferentes, con sonido, ¡e incluso con efectos! con tal de captar la atención del grupo.

Pero no todas las personas se sienten igual de cómodas en nuestra clase, y esto se debe a que la comprensión de nuestros mensajes demanda ciertas capacidades que pueden suponer un hándicap paras según qué perfil de estudiante.

Esta entrada pretende hacer un guiño a la importancia de la inclusión (que no integración) de los escolares con síndrome de Down en el aula.

No existe enseñanza sin aprendizaje.

Al igual que nos preparamos para la materia, debemos prepararnos antes de diseñar nuestra metodología docente, es decir, debemos preparar el arte. Y para ello necesitamos saber cómo aprende cada estudiante.

El síndrome de Down destaca por una serie de síntomas que le caracterizan. La mayoría carece de importancia en el aula, pues estamos preparados para enseñar a cualquier persona. Pero existe un síntoma más destacado que, a veces, se queda en el tintero durante el proceso enseñanza-aprendizaje, y es la capacidad cognitiva. Según la ONU, discapacidad es un término que evoluciona, que depende del contexto, y que no implica perpetuidad, por tanto, es un término relativo.

Cuando nos dirigimos a grupos con un nivel inferior al de Bachillerato, tendemos a suavizar y a adornar nuestras frases como muestra de cariño y cuidado. Esto puede suponer una barrera de comprensión para un estudiante con afectación en la memoria a corto plazo, pues a mayor número de palabras, más compleja la comprensión del mensaje.

Olvidar lo que acaba de ser visto/leído, necesitar tiempo para pensar en lo que acaban de decirte, u olvidar las tareas recién aprendidas debe ser ¡bastante fatigante! Una buena recomendación sería utilizar frases cortas, directas, y sin redundancias.

La memoria a largo plazo también puede suponer barreras, pues no solo se trata de los contenidos que haya que asimilar, sino de los recursos, espacios y personas que se deben conocer. Aprender todo esto puede ser complicado, y es necesario un recordatorio constante y mucha paciencia.

Cuando diseñamos material docente, es habitual que se empleen emoticonos, dibujos y simbología, pues son recursos atractivos. Un estudiante con síndrome de Down puede comprender el significado de un icono en el mismo momento en que se le presenta, pero necesita memoria a largo plazo para retener su concepto. No comprender ni utilizar de manera adecuada los iconos puede ser motivo de aislamiento.

Por último, otras características como la prevalencia a la tartamudez, la dificultad en el ritmo del habla, los errores en diferentes consonantes, y la dificultad en la memoria episódica pueden provocar que un alumno o alumna se frustre durante la comunicación y prefiera mantenerse callado. Como mediadores del conocimiento, y como comunicadores, debemos facilitar las relaciones, las respuestas y las actitudes para fomentar el buen ambiente.

Está en manos de los docentes conseguir un contexto escolar en el que no exista la falta de capacidad.

Autor

Lucía Alonso Virgós

Profesora del Máster Universitario en Formación al Profesorado de Secundaria, Bachillerato y Formación Profesional