Cómo si de un tsunami se tratara, el acceso a la información, además de abrirnos campos ilimitados de conocimiento, también está produciendo un efecto en cierta manera degradador.

Y por qué digo esto. En una sociedad cada vez más competitiva en todos los aspectos de la vida, el desprestigio en cualquier de sus ilimitadas formas de manifestación, se está abriendo camino de forma cada vez más habitual y natural entre las personas.

Desde bien pequeños (en la infancia), nos enseñan los distintos valores que deben regir nuestras vidas a lo largo de la existencia humana: esfuerzo, trabajo, dedicación, solidaridad, compañerismo, respeto …, pero a medida que vamos creciendo, como si de árbol de hoja caduca se tratara, todas las hojas poco a poco ,y acuciados por la necesidad en el sistema en el que nos ha tocado subsistir, van irremediablemente cambiando de color hasta finalmente caer al suelo, y desaparecer.

Pero ¿por qué?. La distancia más corta entre dos puntos sin duda es la línea recta, pero en ocasiones, no es el trayecto correcto. Toda meta tiene un proceso de recorrido, que dependiendo de las circunstancias de cada persona, supondrá para ésta un mayor o menor esfuerzo. Llegar a toda costa sin haber dado un paso, es lo que se está imponiendo, y es por ello que debemos ser conscientes que ese, no es el camino.

 Y ¿Cómo llegamos a esta situación?. Si un ciclista profesional no entrena todos los días, es evidente que cuando en una competición, intente subir un puerto de montaña, en la primera rampa se quede o en el mejor de los casos se clasifique en las últimas posiciones. Pero, y si suple esa falta de entrenamiento con otros medios, aprovechándose para ello de una información  que utiliza en demérito de otros de sus compañeros de pelotón, desprestigiándoles con el único propósito de quedar en mejor posición. ¿Debería ser por ello ser recompensado?

Todo esto se plantea por las noticias acaecidas en los últimos tiempos sobre personas que desempeñan cargos públicos, como es el caso de Manuela Carmena o Ricardo González.

En ambos casos se ha tirado de archivos para conseguir una información que lo único que pretende es poner en duda o cuestionar el trabajo que desempeñan o están desempeñando éstas personas.

Podemos estar de acuerdo o no, en las resoluciones que hayan podido tomar con relación a un determinado asunto, pero no podemos utilizar ese desacuerdo para buscar informaciones cuyo único propósito sea desprestigiar a toda costa, con la única finalidad de ocasionar más un daño psicológico o moral, en muchas ocasiones, difícil de reparar.

¿Acaso Manuela Carmena, Presidenta de Madrid, debe ser menospreciada públicamente  por qué en su etapa de Jueza haya dictado una Sentencia  absolutoria de un intento de violación, que dictó hace once años, sin conocer en absoluto los argumentos jurídicos y pruebas existentes?, o ¿acaso el Magistrado Ricardo González (voto particular de la Sentencia de la Manada), debe ser repudiado de su carrera judicial, por emitir un voto particular en una sentencia, por otras cuestiones que nada tienen que ver con la citada sentencia?.

Ciertamente, podemos hacer llegar nuestro desacuerdo a determinadas cuestiones o en estos casos particulares, a determinadas resoluciones judiciales, pero siempre desde el respeto, argumentando, razonando o incluso, simple y llanamente discrepando sin más; pero no cayendo en el desmérito, el desprestigio o incluso en la descalificación de las personas por el simple hecho de opinar de forma distinta o mantener una postura con la que no estamos de acuerdo.

Es entendible que tal y como está el panorama social, cualquier cosa puede ser motivo de crispación, controversia y enfrentamiento, siendo por tanto los medios de comunicación, y en general la sociedad, quién deba utilizar correctamente la información, pues de lo contrario estaremos, cada vez más, abocados a una guerra sin cuartel.

Si conseguimos al menos ser conscientes de ésta situación, y que éste en definitiva no es el camino, podremos entre todos, poco a poco, salir de la espiral donde nos encontramos metidos, y enderezar (no sin esfuerzo) el rumbo de nuestro destino.

Autor

Javier Peiró Pellicer

Profesor del Máster Universitario de Abogacía y Práctica Jurídica.