Es un hecho que la violencia en general está cada vez más generalizada en nuestras vidas. Conceptos como “bullying”, “mobbing”, y “acoso” en general los hemos integrado en nuestro lenguaje coloquial, y hasta las televisiones dedican programas en horario de máxima audiencia como el caso del pasado domingo, donde El Objetivo (La Sexta) dedicó su espacio al acoso escolar.

Existe por otra parte un estereotipo bastante extendido según el cual las enseñanzas musicales son cursadas por alumnos muy motivados, profesores muy especializados y clases reducidas (muchas individuales) en un ambiente distendido donde se disfruta del arte como medio de expresión de emociones, y por tanto sin lugar para violencia alguna. Según esto, los casos relacionados con el acoso son tan extraordinarios que no merecen atención alguna.

Esto debieron pensar en Inglaterra al menos hasta el año 2013, cuando se destapó el caso del director de la escuela de música de Chetham, en Manchester, denunciado por abuso sexual, que ha tenido secuelas posteriores. El revuelo mediático y la polvareda social, animados por películas que mostraban escenas contundentes de violencia psicológica como Whiplash (2014), provocaron una reflexión sobre si las instituciones educativas musicales disponían de cauces adecuados para afrontar y denunciar estos casos, e incluso si las características propias de la enseñanza musical formal podían estar alimentando de alguna manera la aparición de violencia con algún tipo de impunidad.

Lo cierto es que todos los actores que vivimos dentro de los conservatorios hemos conocido casos más o menos directos relacionados con la violencia psicológica y/o sexual. De hecho podríamos decir que es posiblemente el mayor tabú que existe alrededor de estas enseñanzas, nada inclusivas e intencionadamente selectivas, donde los límites entre la autoridad, la exigencia, el ejemplo pretendidamente humorístico y el ridículo, a veces se diluyen.

El modelado del profesor, la imitación en la que se basa la enseñanza instrumental tradicional, se convierte así en un arma que el profesor debe controlar, y ser consciente de sus consecuencias. A modo de ejemplo, podemos asistir a una imitación “exagerada, aunque no demasiado”, en palabras del propio Jascha Heifetz, de una versión del concierto de violín nº4 de Vieuxtemps escuchada por el maestro, donde los alumnos rompen a reír siguiendo la escenificación.

https://youtu.be/D5SluQyVqWQ

Sin embargo, los que tenemos cierta experiencia en la educación musical formal sabemos que estas situaciones de “imitación” muchas veces se producen con el alumno delante, queriendo reproducir lo que el alumno supuestamente hace. Los límites entre lo que no hay que hacer, la broma desafortunada y la burla desaforada no siempre se distinguen. Con cierta frecuencia se pueden presenciar estas situaciones en masterclasses con público, y con ese componente de show capaz de producir una sensación de ridículo en el alumno que este la convierte en sentimientos de culpabilidad, por “no haber estudiado suficiente”, o incluso “no tener talento para esto”… El profesor de instrumento, acostumbrado a hacer juicios de valor personales si es preciso, utiliza en ocasiones de forma deliberada la violencia psicológica para hacer reaccionar al alumno. El alumno aprende así que violencia = exigencia. La sensación de frustración del profesor cuando ve que su discípulo ha venido a clase sin estudiar puede reducir drásticamente la duración de la lección y se traduce en un “cuando te lo sepas vuelves”. Si el alumno no estudia no hay clase posible. Y ciertas formas de violencia se toleran. Cuestionar la violencia es cuestionar al profesor. Y denunciar casos de acoso no es habitual, por las temidas represalias en forma de suspensos, o señalamientos que la mayoría de padres anteponen a la denuncia en sí, lo que les lleva únicamente a preferir meros cambios de profesor o de centro. El acosador impune.

En definitiva, la realidad de los centros de educación musical dista mucho de ciertos estereotipos idílicos, y se requiere una labor de concienciación por un lado del alumnado, para que no tolere ningún tipo de violencia en sus clases, y separar en cuanto sea necesario de forma asertiva los límites entre lo académico y lo personal. Por su parte el profesor debe ser consciente de la influencia decisiva que puede tener cualquier comentario o actitud fuera de la ética profesional implícita al concepto de “educación”. La investigación tiene la obligación de poner luz sobre esta problemática largamente ignorada, y las instituciones deben asumir su parte de responsabilidad promoviendo de los medios necesarios a sus centros para que las denuncias sean accesibles protegiendo siempre a las víctimas. Erradicar la violencia de las aulas de música, acabar con la ley del silencio, debería ser una cuestión pasada, pero lamentablemente, todavía forma parte del presente.

 

Basilio Fernández, profesor colaborador  del Máster en Interpretación e Investigación Musical en la Universidad Internacional de Valencia (VIU)