En algunas ocasiones se oye hablar de la preparación humanística que deben poseer quienes tienen que desempeñar tareas directivas en el ámbito empresarial. Cuando a inicios de los años noventa del pasado siglo se presagiaban cambios radicales en nuestro mundo, destacadas personalidades académicas en el ámbito de las Humanidades ya advertían que para los tiempos que se avecinaban eran necesarios no especialistas, sino generalistas, esto es, personas con un gran conocimiento de la naturaleza humana, personas creativas y comunicadoras, capaces de tomar decisiones bien fundamentadas y de resolver problemas nuevos.

Aunque no siempre puesto de relieve, hoy es ya un hecho el que profesionales formados en el ámbito de las Humanidades ocupen puestos directivos en pujantes empresas. Ahora bien, siempre cabe la posibilidad de que este fenómeno conduzca a una instrumentalización de los saberes humanísticos para fines extraños a los mismos. Sería la última fase de ese generalizado proceso de liquidación de la humanitas del que Nuccio Ordine da cuenta en su libro La utilidad de lo inútil.

Ante semejante panorama, urge volver al cultivo de lo que constituye la raíz de todo conocimiento y de toda creatividad: la capacidad de asombrarse. No pocas voces se levantan para postular un cambio radical en la formación del ser humano desde la infancia. Una de ellas es la de Catherine L’Ecuyer, de quien puede escucharse con provecho su presentación «Wonder and beauty in education».

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En efecto, tanto Platón como Aristóteles nos recuerdan que el origen intemporal de la filosofía es el maravillarse ante las cosas, el no darlas como obvias. Pero antes de que lo sea del amor al saber, el mudo asombro ante lo existente es, como enseña el Himno a Zeus, de Píndaro, el origen de mousiké, que, como palabra cantada que alaba la belleza del cosmos, constituye el paradigma de todo arte. Además, hablar de belleza es hablar de la realidad como maravilla y del asombro que despierta en nosotros, siempre en la forma singular que es todo ente, ya sea personal, natural o artístico.

Y si el asombrarse es el centro de la experiencia estética, no hay verdadera creatividad que no viva y no se nutra de dicha experiencia. Nos lo recuerdan dos maestros de la música del siglo veinte. «Lo natural es en extremo maravilloso», escribe Arnold Schoenberg (Schoenberg, 1963, p. 33). Por su parte, Ígor Stravinski nos advierte que «la facultad de crear nunca se nos da sola. Va acompañada del don de la observación. El verdadero creador se reconoce en que encuentra siempre en derredor, en las cosas más comunes y humildes, elementos dignos de ser notados» (Stravinski, 2006, p. 57). La creatividad artística es comprendida entonces como respuesta agradecida a la inagotabilidad e insondabilidad de lo contemplado.

Pero toda verdadera experiencia de lo bello no deja indiferente al hombre. La belleza interpela. «Tu vida tienes que cambiar» (Rilke, 1991, p. 50). Es el último verso del poema Torso arcaico de Apolo, en el que Rilke expresa su particular vivencia de lo bello. ¿En qué hay que cambiar? Que la belleza se experimenta como don, como algo gratuito, es algo que han resaltado no pocos pensadores. En cuanto primera manifestación del ser en las formas del mundo, la belleza parece revelar el sentido último de aquél: el amor, pues únicamente el amor da de modo gratuito. Ahí está la raíz de ese cambio profundo al que llama la experiencia de lo bello y que es capaz de transformar tanto nuestra existencia como las relaciones interpersonales.

 

Referencias

Rilke, Rainer Maria (1991). Nuevos poemas I. Madrid: Hiperión.

Schoenberg, Arnold (1963). El estilo y la idea. Madrid: Taurus.

Stravinski, Ígor (2006). Poética musical. Barcelona: Acantilado.

 

Jordi Pons Farré

Profesor en el Máster Universitario en Interpretación e Investigación Musical.