El concepto de salud (OMS) es una noción amplia que involucra un estado completo de bienestar físico, mental y social. Una de las principales variables asociadas a la mejora y el mantenimiento de la misma es la Actividad Física. Los organismos internacionales preocupados por el sedentarismo recomiendan para jóvenes un mínimo diario de 60 minutos de actividad física moderada o vigorosa (implica aumento de la frecuencia cardiaca y sudoración), así como 30 minutos para población adulta (para conocer más sobre las recomendaciones). Sin embargo, los datos de los últimos años son desalentadores, ya que más del 50% de adultos no cumplen las recomendaciones de práctica de actividad física saludable (Lewis, Napolitano, Buman, Williams y Nigg, 2017) y únicamente el 33% de los adolescentes las cumple todos los días de la semana (Colley, Carson, Garriguet, Janssen, Roberts y Tremblay, 2017)

Pero, ¿Por qué no todo el mundo realiza de forma regular? ¿Por qué muchas personas han intentado practicarla y no lo han conseguido? Es un comportamiento muy complejo y multifactorial. Es decir, que hay muchísimas variables que pueden influenciarla. Sallis, Owen y Fotheringham (2000) plantearon 3 fases para la promoción de la actividad física:

  1. Establecer relaciones entre la actividad física y la salud: esta fase está muy estudiada, ya que numerosos estudios hablan del carácter preventivo, así como los beneficios que conlleva la práctica regular: vida más saludable y larga, menos obesidad, relación inversa con enfermedades crónicas, además concebir la inactividad física como un factor de riesgo muy algo para padecer enfermedades de diferentes tipos (Warburton y  Bredin, 2017).
  2. Desarrollar métodos precisos para medir la actividad física e identificar factores que influencian los niveles de actividad física: esta segunda fase sí que ha presentado más controversia, ya que numerosas teorías han integrado diversas variables para intentar explicar el comportamiento de práctica de actividad física (Abarca-Sos, 2011), encontrando resultados muy diversos, por lo que no hay unas variables establecidas como las más exitosas para promocionar la actividad física
  3. Evaluar intervenciones de promoción de la actividad física y aplicar la investigación a la práctica: en esta fase sí que se han desarrollado muchas intervenciones en diferentes contextos y poblaciones, pero tampoco hay un consenso claro, aunque algún estudio ha establecido estrategias prometedoras (Muriillo, García Bengoechea, Generelo, Bush,  Zaragoza y Julián, 2013).

¿Cómo se puede entonces, después de tantos años intentándolo, promocionar la Actividad física de una forma efectiva? En la actualidad, diversos profesionales en la salud buscan promocionarla a través de activos (Cofiño, et al., 2016). El modelo de activos para la salud supone un impulso en las intervenciones de promoción de la salud comunitaria en términos de intersectorialidad. De esta manera intervendrán los profesionales de los centros de salud, los colegios con el profesorado de educación física y tutores de cada curso, los ayuntamientos con las concejalías de deporte, educación, etc., los gobiernos regionales, etc. de cara a promocionar la  salud positiva, participación, equidad y orientación a los determinantes de la salud.

Es decir, todos los profesionales se tienen que poner de acuerdo en adoptar medidas que caminen en la misma dirección, de tal manera que la salud pública y la promoción de la actividad física sea de forma comunitaria, dándole participación a los agentes y actores, profesionales y usuarios, para que las personas se empoderen.

En conclusión, la promoción de la actividad física tiene que partir de una alianza de salud entre las personas preocupadas por dicha salud de la población, desarrollándose proyectos en base a su contexto concreto y con la participación de todas las personas.

Autor

Alberto Abarca Sos

Presidente de Tribunal de Trabajos Fin de Máster en la Universidad Internacional de Valencia (VIU)